El ocaso de la democracia y el principio de la tiranía

Las generaciones que estamos asistiendo a estos cambios de paradigma a los que cada vez nos cuesta más sostener la mirada somos, curiosamente, los que crecimos en los tiempos del liberalismo y la democracia, por un lado, y por el otro los que vieron al autoritarismo dar los últimos coletazos. Así fue como acabó un siglo XX especialmente cruento, con el ocaso, al menos en esta parte del mundo, de la era de la servidumbre, del inmovilismo social por razones de cuna y de la discriminación por etnia, confesión, ideología y clase social. Al fin había ido quedando atrás la era en que los amos pisoteaban con sus botas de piel las espaldas de sus sirvientes para ayudarse a subir a lomos de sus caballos, aunque en los submundos para-legales sabemos muy bien hasta qué punto muchas personas son denigradas.

Pese a todo, con el montón de fallas de las que adolece nuestro sistema, y con la profunda reforma que está pidiendo a gritos, en líneas generales debemos sentirnos orgullosos de tener un sistema constitucional (por ahora) que, si bien no es ni mucho menos perfecto, como nada en esta vida lo es, hasta ahora nos ha tratado con unas mínimas garantías en cuanto a libertades individuales, progresión social, seguridad y condiciones básicas de vida, que para nuestros bisabuelos y tatarabuelos quedaban a años luz, y que en gran parte del mundo aún son inalcanzables. Por suerte, los cimientos de nuestra democracia están más que asentados y son lo suficientemente robustos, mucho más de lo que la mayoría de la gente cree, pero eso no quiere decir que los sistemas democráticos sean eternos e inexpugnables, como seguro hemos pensado la mayoría de los que hemos crecido junto a ella. Precisamente es de lo más frágil que existe. Poderes limitando y bloqueando poderes, que siempre están en pugna entre sí buscando el trozo más apetitoso del pastel a cualquier precio, y mientras, hay enemigos al frente y desde dentro (sobre todo), esperando el momento de dinamitarla. 

La democracia es de naturaleza sagrada en esta parte del mundo, por eso mismo hay que saber cuidarla si la queremos mantener por muchos años, y solo puede salvarse combatiendo a los enemigos que la amenazan, haciendo que el peso de la justicia caiga sobre ellos de forma ejemplar, sabiendo conciliar a las distintas partes cuando las situaciones más sensibles lo requieran, reinventándola cuando los viejos esquemas queden obsoletos y creando las condiciones necesarias para que sean los ciudadanos de a pie, y no esos representantes colmados de privilegios los que, finalmente, lleven la verdadera voz activa. 

Quizá la buena gente de este país (quiero pensar que son la gran mayoría), bastante tenga con salvar de la manera que puede el poco bienestar que tantos años de sacrificio le ha costado conseguir. Quizá el aterrador futuro que se nos cierne sea tan distópico que a muchos lo que a estas alturas les queda para mantener el espíritu vivo es volver la vista para otro lado y aprovechar el vaso medio lleno mientras pueden. Sea como sea, el hecho de que nuestras democracias están en un jaque al rey de muy pocas posibilidades es un hecho innegable. Todo ha sido tan progresivo que apenas hemos notado cómo han sufrido todas y cada una de las fases de decadencia por las que en su tiempo pasaron las de las polis griegas. Para empezar, en el paraíso europeo de la corrupción institucional, todos sabemos sobradamente lo que es una timocracia. De la misma manera, vista la facilidad con la que hemos tomado a políticos e intelectualoides subvencionados por clérigos iluminados, con plenas atribuciones para decirnos lo que debemos tomar por verdad y por mentira, y para tornarnos en contra de nuestro vecino por ser diferente a nosotros, sabemos muy bien lo que es una oclocracia. Justo el paso previo a la tiranía, el punto de no retorno a la normalidad tal como la conocíamos. Una oclocracia que empezaba con la crisis de 2008, momento álgido en que los privilegios de nuestras oligarquías cancerosas se volvieron más intocables que nunca mientras que las familias eran desahuciadas a diario, víctimas de un sistema de crédito perpetuo por cuyo aro la inercia de los “tiempos de bonanza” les llevó a entrar. Ahí demostramos lo víctimas que podemos llegar a ser del entretenimiento banal de portera, del fanatismo ideológico regado con dinero público, de la sociedad de consumo donde absolutamente todo es susceptible de ser mercantilizado, de la política de colectivos confrontados y del sueño roto del préstamo que vivirá mientras pueda.

 ¿A quién pretendemos engañar? Lo de marzo de 2020 fue el último mazazo a traición en el caldo de cultivo idóneo. 

Las democracias caen cuando no conocemos nada sobre nuestro ordenamiento jurídico excepto los cuatro artículos que hayamos estudiado de niños y lo poquito que hayamos pillado de la televisión, con alguna intencionalidad mediática. Por eso mismo, no debe extrañarnos cuando, a la hora de defender nuestros derechos más fundamentales, nos dejen fuera de combate en menos de un minuto por ignorantes. 

Caen cuando se han pisoteado con total impunidad: 

  • Al menos 40 artículos de la Constitución Española de 1978 
  • Once puntos de la Declaración Universal de Derechos Humanos. 
  • Cerca de cien del Código Penal. 

Caen cuando el relativismo moral se convierte en pensamiento dominante para toda una sociedad. Tomando como verdad lo que funciona, si bien yo creo en una universalidad de ciertos valores, no hay nada peor que ver cómo ideales tales como la justicia, el honor, el valor, el amor a tu gente o el orgullo por tus raíces ya no son valorados por nadie, y ceden su cátedra a la contradicción y el materialismo fundamentalista. 

Caen cuando no hay líderes valientes, y los que tenemos se pliegan, bien por miedo o bien por ansia de preservar los privilegios que les da la política, a los intereses geopolíticos y financieros de multinacionales extranjeras. 

Caen cuando son los poderosos, haciendo uso del dinero público, los que financian los medios de comunicación y la educación de las nuevas generaciones para decir a la gente qué es lo que debe pensar sobre su pasado, sobre su presente, y sobre su futuro, llevándoles a odiar a quienes no piensan como ellos y creando un peligroso clima de debate cerrado que, por razones políticas, no admite más aportaciones que podrían perfectamente sumar y dar un prisma más amplio. 

Caen cuando las necesidades de una mayoría de ciudadanos honrados son desoídas, mientras la inmunidad de los poderosos se torna más blindada que nunca, peligrosamente. 

Caen cuando se deja de premiar a los honrados y trabajadores, y se dan concesiones a los que no actúan honestamente. 

Caen cuando en tiempos de crisis nos dedicamos a denunciar a nuestros vecinos y a dar rienda a nuestras envidias en vez de reclamar la justicia que nos merecemos. 

Caen cuando deja de haber mano dura contra la corrupción. 

Caen cuando, como he dicho antes, la democracia deja de reinventarse. Vistos los medios tecnológicos de los que hoy prácticamente cada hogar en España dispone, es un auténtico atraso que tengamos tantos políticos en las instituciones, cuando sería una buena oportunidad de tener al fin voz activa y dejar de votar programas vacíos para votar leyes por nosotros mismos. En lugar de eso, nos venden una revolución digital que, visto al ritmo al que todo avanza, no va a servir para más que para frenar el desarrollo de nuestros potenciales, inutilizarnos, controlarnos, entretenernos y matarnos, en vez de cumplir la auténtica función para la que fue diseñada. 

Caen cuando, en nombre de nuestra “seguridad”, cada vez se esconden menos para imponer nuevos decretos, estatalizando así la vida económica y personal de las familias. 

Caen cuando la gente antepone el cumplimiento de las “leyes” al sentido de la justicia que todos per se, tenemos, y no toman las calles para poner freno a agendas peligrosas. 

Y caen cuando dejamos de entender que los avances se consiguen con esfuerzo, tanto individual como colectivo, y no con créditos permanentes que no nos llevan sino a más créditos que difícilmente algún día acabaremos de pagar. Una vez eso ocurre, en nombre del “progreso” nos perdemos a nosotros mismos de forma irremediable para pasar a ser sirvientes de nuestros acreedores. Ya no somos dueños de nuestra economía. Somos una economía dependiente a la que le dictan sus prestamistas internacionales qué puede producir y qué no, en qué campos pueden ser competitivas sus empresas y en cuáles es mejor que ni se les ocurra entrar porque son terreno exclusivo de otros países que dependen tanto de ellos como nosotros. Tal es el caso de las “vacunas”, cuya producción y suministro han sido encomendados a los grandes “filántropos” mundiales. 

En otras circunstancias históricas, cuando aún las naciones tenían poder de decisión, no nos habríamos empeñado con multinacionales farmacéuticas. Hubieran sido nuestros científicos, nuestros centros de investigación universitarios y nuestros laboratorios nacionales quienes hubiesen puesto sus fuerzas en el desarrollo y experimentación de un fármaco fiable y efectivo, tomándose para ello todo el tiempo que fuera necesario antes de administrarlo al público sin importar las consecuencias que pudiera tener sobre la salud de las personas, pero, visto lo visto, lo que aquí realmente cuenta es continuar sometiendo a los países al yugo del crédito, por fines político-comerciales se han saltado a la torera los dos principios fundamentales de la ciencia: prudencia y experiencia

Por una simple cuestión de decencia y compromiso con la salud pública, debieron haber parado las vacunaciones masivas en cuanto empezaron a verse las primeras afecciones derivadas de la misma. Ya sabíamos que, desde un punto de vista estrictamente científico, era inviable producir una vacuna segura en poco más de seis meses, cuando, con los avances técnicos que tenemos hoy, se tardarían más de diez años, pero aún así, la incertidumbre y el miedo fueron tan grandes que la gente apostó por esa carta como la única para recuperar su vida de antes. Lo que no se imaginaban era que, en un lapso de tiempo tan corto que llevan administrándolas, el número de consecuencias negativas sobre el total de la población que las han recibido ha sido demasiado alto. Muchos son los que notan que les cuesta respirar de la misma manera que antes lo hacían. Están apareciendo demasiados casos de fatiga crónica en gente que nunca tuvo este tipo de problemas. Erupciones cutáneas francamente preocupantes. Peligrosos infartos de miocardio y cerebrales. Demasiados casos de ictus y trombos. Neumonías bilaterales. 

¿Quién puede asegurarnos que no habrá más efectos adversos dentro de uno, tres o cinco años?

Sabiendo que todas estas “vacunas” contienen MRC-5 (el esterilizador químico más potente conocido, desarrollado a partir de ADN fetos humanos abortados), ¿qué efectos a medio y largo plazo no tendrán sobre la reproducción humana? El tiempo lo dirá… 

Como mínimo, a la gente razonable le cabría esperar dos detalles éticos de los laboratorios, los políticos y los sanitarios que están administrando el nuevo fármaco: Asumir responsabilidades por los daños que está causando y dedicarse a hacer reconocimientos médicos completos a todos y cada uno de los pacientes que se decidan a inocularse cualquiera de las dosis para así verificar que sus condiciones de salud son las adecuadas para recibir el tratamiento. Al fin y al cabo, ese es el procedimiento que los profesionales sanitarios respetan a la hora de prescribir una medicación cualquiera, pero cuando el beneficio económico de magnates y políticos entran en juego, no hay compromiso ni honestidad que valgan. Por si acaso, espero que cuando venga la tormenta social que inevitablemente tendrá lugar, haya juristas valientes y capacitados que les recuerden estos dos artículos del Código Penal Español a los que ahora se están dedicando a coaccionar a las personas que, con total libertad, han decidido no vacunarse: 

Artículo 159

1. Serán castigados con la pena de prisión de dos a seis años e inhabilitación especial para empleo o cargo público, profesión u oficio de siete a diez años los que, con finalidad distinta a la eliminación o disminución de taras o enfermedades graves, manipulen genes humanos de manera que se altere el genotipo.

2. Si la alteración del genotipo fuere realizada por imprudencia grave, la pena será de multa de seis a quince meses e inhabilitación especial para empleo o cargo público, profesión u oficio de uno a tres años.

Artículo 160

1. La utilización de la ingeniería genética para producir armas biológicas o exterminadoras de la especie humana, será castigada con la pena de prisión de tres a siete años e inhabilitación especial para empleo o cargo público, profesión u oficio por tiempo de siete a 10 años.

2. Serán castigados con la pena de prisión de uno a cinco años e inhabilitación especial para empleo o cargo público, profesión u oficio de seis a 10 años quienes fecunden óvulos humanos con cualquier fin distinto a la procreación humana.

3. Con la misma pena se castigará la creación de seres humanos idénticos por clonación u otros procedimientos dirigidos a la selección de la raza.

Técnicamente, la democracia en España cayó el mismo día en que jugaron con nuestro amor y nuestro sentido de comunidad. Nos encerraron porque, como medida excepcional, era la mejor solución para combatir un nuevo virus contra el que no se conocía remedio ni cura, y la mayoría de la gente aceptamos por respeto y consideración por los demás. Nunca nos imaginamos que toda la gente que se vio obligada a cerrar sus negocios jamás sería compensada justamente por ello (el propio Pedro Sánchez prometió hacerlo), ni tampoco creímos que nuestras vidas y nuestro porvenir pendería del hilo que a partir de aquel momento ellos considerasen. En el momento en que la perífrasis de la muerte “Nueva Normalidad” salió por la boca de los presentadores de telediario, la tiranía llegó a España para quedarse. Una tiranía de abusos gubernamentales utilizando a las fuerzas del orden como lacayos de un nuevo orden en el que, de un día para otro, pasabas a pertenecer al Estado, tu verdadero y único dueño, con plenos poderes para decirte cuándo debías dejar de trabajar, aunque no tuvieras dinero para cubrir tus necesidades más elementales. Cuándo podías ver a tus familiares. De qué podías hablar y de qué no. Y ahora, tal y como se están tornando las cosas, casi que acabarías rezando por volver a los principios de la “Nueva Normalidad”, porque ahora eres más propiedad del Estado que nunca, con proyectos de ley que amenazan con ocupar tu casa, bloquear el dinero de tus cuentas y movilizarte si es necesario, separándote así de tu familia hasta que ellos consideren que puedes regresar con ellos en caso de “emergencia”. Esperemos que no llegue a puerto esa ley, porque de hacerlo, será demasiado tarde para tomar acciones contra ellos… Los amos volverán a pisotear nuestras espaldas, y tendremos que esconder las migajas de la cosecha bajo las tinajas para que nuestros señores no nos maten de hambre.

Lo realmente preocupante, y eso sí que está en plena vía de aceptación, dada la gran capacidad de los gobiernos españoles de copiar todas las peores tendencias que vienen del extranjero, es el nuevo apartheid que ya está siendo efectivo en Galicia, y que seguramente entre en vigor en muy breves en todo el territorio nacional. Ese pasaporte de la vergüenza, fruto de la alianza Capitalismo-Comunismo-Big Tech que ha tomado el control del globo, que deberás presentar para ir a tomar un café al bar de la esquina, el mismo que es tu amigo desde hace mucho tiempo. El mismo que te marcará como un indeseable a ojos de la ley, cuando tú, por simples convicciones has decidido no vacunarte, sean las que sean. El mismo que permitirá que tu jefe pueda despedirte, que tus familiares y amigos (por presión social y mediática) puedan discriminarte por una decisión que solo tú has tomado. El mismo que aislará a los niños en las escuelas, en aulas aparte sin poder ver a sus compañeros de siempre, y que no les permitirá acudir a excursiones ni a otros eventos. Una élite vacunada que (por ahora), tendrá todos los derechos, y otra no vacunada que verá como quienes eran amables con ellos, cambiarán por completo su actitud y les hostigarán hasta que accedan a darse el pinchazo. Me preocupa la manera en la que, una sociedad ya de por sí dividida, va a quedar partida para siempre por culpa de la aceptación de la masa (por un simple principio de evitación de la incertidumbre), pero más aún me inquieta lo que el pasaporte verde lleva implícito. Un código QR que se escaneará al acceder a los sitios públicos, conectado directamente a una URL del Ministerio de Sanidad adonde nuestros datos van a ir a parar. ¿Cabe ahí pensar en alguna confidencialidad de nuestra información personal? No lo creo. Ha sido una muy buena estrategia de las Big Tech para conocer las preferencias de la gente, con fechas, horas, lugares concretos y frecuencias, información muy valiosa cuando hablamos de un conjunto importante de gente, gracias a la cual, a través de los ficheros informáticos del gobierno, pueden controlar con todo lujo de detalles adónde vamos, en qué gastamos nuestro dinero, con quién nos vemos… El verdadero control del individuo no ha hecho más que empezar. 

Soy consciente de que no es muy alentador todo lo que he escrito hasta aquí, pero es necesario aplicar el método socrático a la realidad que vivimos para encontrar soluciones. Por ahora me contento con pensar que habrá pronto una reacción por parte de la gente que, hasta el momento, ha normalizado demasiadas cosas que nunca fueron normales, y que ese cambio de conciencia del que llevo más de una década oyendo hablar igual vendrá cuando nos arrojemos a las calles. Lo mejor que uno puede hacer por el momento, según lo veo, es guardar la máxima calma posible, ser fiel a sus convicciones, sean vacunarse o no vacunarse (cada uno tendrá sus razones) y trabajar en uno mismo, riendo lo máximo posible, haciéndose muchas preguntas, que las respuestas vienen por una simple cuestión de inercia, y buscando la verdad en esta lucha que, sin lugar a dudas, se libra entre la luz y la oscuridad. El tiempo hablará… 

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