Visualizar a veces duele.

“Las batallas de la vida no las ganan los más fuertes, ni tampoco los más rápidos, sino aquellos que no se rinden jamás”

Hassan II, Rey de Marruecos. 

Ya hace exactamente un año desde que estaba yo sumergido en la escritura de “LA MECÁNICA DE LA INERCIA”, justo en pleno encierro forzado, con la barba de tres semanas, pelambreroso, ojeroso y con la mirada perdida, como si presagiara lo peor. Me imagino que visionarios de la talla de George Orwell, Isaac Asimov, Jules Verne o Aldous Huxley no debieron sentir ninguna alegría cuando tuvieron que ver con sus propios ojos cómo sus terribles pronósticos se cumplían, pues igualmente para mí contemplar mi apabullante acierto es un fuerte nudo apretándome la boca del estómago. Aquellos drones policiales omnipresentes por toda la ciudad ya existen, y hace menos de quince días ya sobrevolaban las callejuelas del Albaicín granadino al acecho de los jóvenes marcados por el simple hecho de compartir un litro de cerveza, en busca de un pequeño refugio que pueda evocar aunque sea un poco a la fraternidad de antes. Ya existen, y violan con total impunidad principios básicos como la presunción de inocencia, la intimidad, el honor y la imagen personal. 

Ese ser humano dócil, tranquilito, inutilizado por una tecnología que no hace más que crecer para afinar cada vez más el control social, el poder de destrucción y la sobreproducción en beneficio de unas oligarquías de tendencias psicopáticas también es ya una realidad. Mutilados quedan sentidos universales como la defensa de la libertad, el honor, la capacidad creativa, la valentía, el amor… La frontera de acero de mi novela ya está definitivamente marcada. A un lado, los privilegiados, capaces de domar a la tecnología y a la inteligencia artificial. Y al otro, los nuevos analfabetos condenados a la miseria perpetua por vagos e inadaptados. Cuando escribí mi distopía pretendí ser lo más fiel posible a la realidad que inminentemente vendrá, aunque como buen literato me permití mis florituras, y exageré al máximo en los detalles, y sin embargo hasta mis delirios se cumplen, superando una vez más la realidad a la ficción. 

Con mucho tiento y a través de bombardeos subliminales capaces de minar hasta a las morales más fuertes ya nos han dicho a qué debemos atenernos los próximos años (dejo patentes algunas capturas de pantalla de la prensa digital “seria” por si a alguien le queda alguna duda). Por una presunta seguridad de todos nuestras libertades esenciales de establecer contacto humano, desplazarnos o dialogar saliéndonos del guión de tabúes sociales en tan poco tiempo aceptado por el consenso pseudolibertario nunca más volverán. Según nos cuentan hemos pasado a pertenecer al Estado, que lentamente irá cerrando y cerrando sus puntiagudas garras sobre todos y cada uno de nosotros, haciendo toda la leña que pueda del empobrecimiento de las familias, comprando sus lealtades con empleos precarios en el lento feudalismo multinacional hacia el que nos dirigimos, o en el más generoso de los casos, inyectándoles deplorables subsidios tapabocas en sus cuentas bancarias al borde de la quiebra. En muy poco tiempo ya han irrumpido en nuestras vidas mucho más de lo que nos creemos con sus manuales de pensamiento incuestionables, patrullando nuestras conversaciones privadas, censurando publicaciones incluso de científicos de larga trayectoria y prestigio o decidiendo quién puede dignamente ganarse el pan y quién no. Cuando consigan el porcentaje de ruina social deseado, el de pánico socio-sanitario y el de desastre ecológico, entrar en nuestra familia y en nuestra cama será coser y cantar, pero para eso falta tiempo, aunque no demasiado. Ahora mismo están bastante ocupados en ponerse de acuerdo en el castigo a imponer a “criminales insolidarios” como yo, que nos resistimos a aceptar el nuevo modelo antipersona y a inocularnos esa sustancia diabólica sin fiabilidad científica alguna culpable de muertes, cefalitis, trombos, afecciones respiratorias y musculares, e incluso me atrevería a decir que ha podido ser la causante de las misteriosas cepas del virus. Sobre este último punto me voy a abstener de opinar de momento, pues basta con que cualquier imbécil oculto entre el rebaño te vomite un insulto tan barato como “conspiranoico”, “negacionista” o “terraplanista” (el más gracioso de todos) para tirar por tierra una batalla en la que de por sí la gente buena y pacífica que solo quiere conservar lo poco que les queda lleva las de perder, y yo, sin más armas que mi pluma, mi cuaderno, mis limitados conocimientos informáticos y mi sitio web casi clandestino me propongo al menos bloquearle la entrada a este enemigo poderoso que al igual que Atila arroja sal a todo cuanto encuentra a su paso para que nada por lo que merezca la pena vivir pueda volver a crecer en él. 

Sé muy bien que al ritmo de aceptación que llevamos la mitad de la gente acabará aceptando el nuevo orden impuesto por simple supervivencia, gregarismo infantil o evitación de la incertidumbre. Me tranquiliza saber que no lo harán por convicción. Otros tantos lo harán por pánico, que no por miedo, pues el pánico no es más que una actitud a la hora de afrontar el miedo, que paraliza nuestro cuerpo y nuestra mente impidiéndonos reaccionar y pensar con claridad. El resto pasarán por el aro empujados por la inercia de la locura de los tiempos o bien por ignorancia. Al fin y al cabo, los mantras sustitutivos de los viejos dogmas espirituales son muy potentes. Esos mismos que nos recuerdan día a día desde los pupitres de la escuela que somos demasiados en el mundo y es necesaria una drástica reducción de la población, afirmación falsa, en primer lugar, pues nosotros no escogimos vivir inmersos en un sistema de sobreproducción, economía especulativa y obsolescencia programada. Sin embargo, han comprobado que el sentimiento de pecado original ha venido funcionando a lo largo del tiempo, por eso nos hemos tragado otras tantas falacias como el mito del humano malévolo por naturaleza, cuando han sido oligarquías plutócratas, políticas y religiosas las que nos han enfrentado por diferencias que perfectamente se hubieran podido conciliar a lo largo de nuestra historia. Se han salido con la suya. Nos han cortado las alas, la respiración y han derribado lo que a la gente honrada le ha costado una vida entera construir. Esa gente que prefiere ignorar esos mensajes subliminales para no venirse abajo y lucha a pesar de tanto estrógeno generado por tenerse en pie. Que no piden nada al Estado, ni limosnas ni subsidios, solo que les dejen vivir y trabajar. Que solo quieren ver a su gente, empaparse con la lluvia, respirar aire puro, que la vitamina D del sol traspase su piel y reactive su sistema inmunitario que a base de mascarillas, desinfectantes, enclaustramiento y polución inducida les están destrozando. Ellos quieren la vida, frente a los otros que propugnan la muerte del individuo a todos los niveles, prohibiendo y prohibiendo en nombre del progreso, arrebatándoles las expectativas de futuro, el calor humano y la espiritualidad. 

Estas líneas no pretenden inducir a nadie a ningún pensamiento ni posición concretos, solo tiene por fin pedir a la gente que piensen un poco qué hay de verdad en los mantras del terrorismo mediático comprados por los gobiernos y las oligarquías globalistas que subyugan a los países a base de deudas destruyendo sus soberanías nacionales. Ellos nos impusieron la sobreexplotación del medio, la economía de consumo en detrimento de la calidad y la durabilidad del producto y ahora son los mismos que quieren hacernos ver que en 2030 no tendremos nada y seremos “felices”, como si tuvieran algún tipo de autoridad moral para decirnos qué es y qué no es la felicidad. Para mí, y seguro que para la gran mayoría de los lectores, ser feliz es desde luego la antítesis de ese modelo que representa la República Popular China (Estado fraguado con sesenta millones de muertos víctimas del hambre, del frío y de la represión política), que cada vez se esfuerzan más en que copiemos. La gente no quiere más silencio, ni más obediencia, ni más hormiguización, porque eso atenta contra la naturaleza del ser humano. Para construir su felicidad ya están ellos mismos, y no quieren nada de nadie, pero tampoco van a permitir que les roben y les opriman. Quizá dentro de unos años se lleve a cabo una persecución de aquellos que no se adapten a las tecnologías imperantes, no acepten los dictámenes y las restricciones o se nieguen a que les induzcan la muerte o la infertilidad. Será una lucha entre los pocos indios que resistirán sobre la tierra de sus ancestros conservando los buenos valores de justicia, honor y libertad inculcados por sus padres y sus abuelos, y los blancos que querrán encarcelarles, silenciarles y anularles, pero no se rendirán, y aunque puede ser que pierdan y nadie lamente su derrota, el tiempo les dará la razón, porque las victorias son de los que nunca se rinden, y me contento sabiendo con que son millones de personas los que no tirarán la toalla y no cederán ante los constantes abusos que todos llevamos un año soportando. Seguirán abrazando a los que quieren, gritarán por la calle cuando la ocasión lo requiera, abrirán sus negocios a pesar de que les fuercen a cerrar sin salir en su ayuda y darán calor al de al lado cuando lo vean abatido.

Por ahora, muchos como yo seguirán al otro lado de la frontera, sin sumergirse demasiado en ese mundo virtual carente de significado al que nos quieren conducir, conservando nuestra mente libre y limpia como era la de nuestros ancestros, y confiando en el futuro por negro que pueda ponerse. El progreso no está en las máquinas, sino en las cualidades del alma, y eso es lo único en este mundo que no se compra ni se vende. 

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