La legítima defensa

Yendo a hacer mis compras rutinarias para casa me encuentro a menudo con un hombre senegalés de unos cuarenta y muchos años que pide en las puertas de los supermercados. Por alguna razón de la que evita hablar se vio obligado hace muchos años a dormir en la calle, sin más calor que el que puede brindar un soportal, viviendo de la generosidad de la gente que cada vez tiene más dificultades para llevar una vida medio digna (somos muchos los que le tenemos en estima), y sufriendo agresiones de bárbaros clasistas y racistas que deberían estar encerrados en un lugar apropiado para curar ese odio que les consume por dentro. Cada vez que este hombre me ve es motivo de alegría, porque siempre traigo cigarrillos, un euro y un café calentito para él, y además de eso, conmigo se expresa como mejor sabe, ya que dado su limitado nivel de castellano no puede comunicarse con mucha gente en España, y conmigo puede hacerlo en francés. Muy poco sé de la historia de este opaco personaje, por lo que solo puedo juzgar a partir de lo que veo, y veo un hombre con una historia francamente dura, que a veces la deja entrever en los pocos claros de cordura que deja el alcohol cuando se disipa de la mente. Saco a colación a este africano amigo mío porque hay una frase que siempre me dice cuando me ve: “Il faut connaître le droit pour savoir comment se défendre de la méchanceté de ce monde” (Hay que conocer el derecho para saber defenderte de la maldad de este mundo).

Personalmente me aburre el estudio de las leyes, pero viendo cómo la propaganda mediática criminal las está usando con campañas de marketing atroz para arruinarnos y aplacarnos, parece que es un aburrimiento necesario al que deberíamos dedicar un poco de nuestro tiempo cada día, porque precisamente del desconocimiento y pasotismo del grueso de la ciudadanía se nutren los poderosos. Tal ha sido mi sorpresa al saber que en España, aunque no muchos lo sepamos, existe esa santa ley de legítima defensa que tanto hemos reclamado y tantos oídos sordos se han hecho a nuestras peticiones, y además nuestro Código Penal en su artículo 20.4 lo establece muy claramente. No obstante, tal y como dije en algún artículo anterior, esto se va pareciendo cada vez más a las democracias africanas y árabes, en las que se tiende a ignorar unas leyes en detrimento de otras y la frontera entre ley y moral se confunde con asombrosa facilidad. En este país hemos caído en el colmo de ese pretendido y falso pacifismo propio de las tradiciones budista y cristiana, que pregonan que a pesar de ser atacado no es lícito defenderse porque así estás demostrando a tu agresor que eres capaz de caer igual de bajo que él. Desde luego que nadie debe de agredir a nadie, hasta ahí creo que toda la gente buena y sensata (yo creo que son la mayoría) llega, pero por desgracia el mundo no es ningún Edén, y hay violencia, asaltos a viviendas, robos, abusos y un montón de calamidades. ¿Qué esperamos? ¿Pretendemos que la gente se quede de brazos cruzados mientras ellos y sus familias son apaleados hasta que venga la policía en su ayuda? Cómo se nota que las personas que promueven la obediencia a este tipo de normas anti-lógica y anti-persona no viven la realidad del ciudadano de a pie. Es puro instinto de supervivencia y pura racionalidad el defender nuestra propia integridad, la de nuestra familia y amigos y la de cualquier transeúnte en la calle contra el que se esté ejerciendo cualquier acto violento, y eso no atenta contra la moral ni contra la legalidad. Quizá nuestros ancestros paganos lo tuvieran mucho más claro, que los niños, las mujeres, los ancianos y los hombres de la tribu eran lo primero y se debía defender con la vida, pero en este mundo supuestamente civilizado se ha tratado de cimentar todo norma sobre norma, tengan o no sentido, y a la justicia le da igual que hayas defendido a tu mujer y a tus hijos de una banda de ladrones que han allanado tu casa y les están moliendo a palos, que protejas a tu pareja de un violador que la ha asaltado en plena calle, que defiendas a tu vecino anciano de un atracador… según el sistema judicial, tú también has hecho uso de la fuerza y debes pagar por tu “delito” (vuelvo a insistir en que el Código Penal español no lo contempla así).

¡Cuántas tragedias se habrían evitado si la gente no tuviera reparos a la hora de defenderse! ¡Cuántas más no habrían tenido lugar si el sistema educativo nos hubiera incorporado las artes marciales en el currículo! Y es que una persona que emplee la fuerza para ejercer su legítimo derecho de defensa propia no es violenta. Es alguien justo y noble haciendo una justa labor, y así debería ser considerado, porque protegerte a ti y a los que te rodean es la mejor forma de hacerse valer, y quizá por eso nuestro sistema no incide tanto en eso e insiste en que esperemos a que llegue la policía (en pleno asalto dudo mucho que la víctima pueda coger el móvil para llamar), porque eso nos volvería más fuertes y tendríamos un sentido más amplio de la dignidad que no les interesa que tengamos. Ojalá el mundo fuera tan pacífico que pudiera uno poner la otra mejilla sin problema, pero antes de eso está mantener fuera de peligro a nuestra gente, y no hay mayor muestra de amor que esa.

Concluyo con el artículo 20.4 del Código Penal, por si alguien no lo conocía:

“Está exento de responsabilidad criminal el que obre en defensa de la persona o derechos propios o ajenos, siempre que concurran los requisitos siguientes:

Primero. Agresión ilegítima. En caso de defensa de los bienes se reputará agresión ilegítima el ataque a los mismos que constituya delito y los ponga en grave peligro de deterioro o pérdida inminentes. En caso de defensa de la morada o sus dependencias, se reputará agresión ilegítima la entrada indebida en aquélla o éstas.

Segundo. Necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla.

Tercero. Falta de provocación suficiente por parte del defensor”

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