El dinero amansa a las fieras

Con el auge de estas corrientes de pensamiento neomarxistas que ahora se están poniendo de moda, supuestamente posicionadas contra las desigualdades sociales, la falta de escrúpulos comerciales y medioambientales, y la explotación laboral, se exalta la demonización del capitalismo como la manera más frívola y carroñera de entender la economía, llegando a cargar sobre sus hombros cadáveres tan pesados como el hambre en el Tercer Mundo, la contaminación ambiental, el cambio climático, la presunta escasez de recursos, y un largo sinfín de infortunios propios de la imaginación distópica más retorcida. Los que apoyan estas teorías alternativas que a gritos pregonan el igualitarismo, la revolución popular, la redistribución de la riqueza, el esfuerzo colectivo y el compañerismo (ideales que hasta a mí en principio me atraen), quizá poco hayan leído o nada hayan escuchado sobre la vida en aquellos países donde “el gobierno del pueblo” ha triunfado. La orwelliana historia del cerdito Napoleón en resumidas cuentas… Como manera de desgajarse del yugo capitalista alienador, aumentan la presión fiscal y expropian a la poca industria y al poco comercio que queda en pie después del gran cribado, crean oligarquías entre sus círculos de confianza estableciendo privilegios que el pueblo nunca tendrá para sus altos funcionarios y sus cuerpos de seguridad, asignan al azar profesiones a cada persona en función de las supuestas necesidades del Estado y sin tener en cuenta la cualificación ni la predisposición de cada persona, y por supuesto simplifican la economía hasta tales extremos que no hay productos ni servicios diferenciados los unos de los otros. Todo se convierte en plano, hasta el pensamiento. Dudo mucho que no podamos hablar de inmovilismo social en países donde titulados en ingeniería y medicina se vean condenados toda su vida a vender chumbos en un carrito por la calle porque así lo requiere el país. El capitalismo, con todos sus fallos, nunca contempló esto.

Cierto es que los orígenes del liberalismo económico están llenos de sombras, y a día de hoy tiene muchísimas, pero no fue el sistema capitalista en sí el problema, sino la falta de reglas claras y precisas que pudieran regular el juego. Esta manera de entender la economía favoreció desde el principio el libre desarrollo de las ideas a nivel márketing, diferenciación de producto, libre penetración en nichos y áreas de mercado y el libre pensamiento a todos los niveles. Digamos lo que digamos, fue la mejor manera de potenciar las cualidades humanas, desarrollar y poner en común las ideas y favorecer la inventiva de las personas, por no hablar de que permitió que las personas según sus pasiones y voluntades pudieran canalizar sus esfuerzos en poner a prueba sus capacidades para lo que les motivara. Su gran error fue sin duda no establecer unas reglas de juego claras, tan simples como establecer unos derechos indiscutibles para los trabajadores o respetar el medioambiente, pero posteriormente se pusieron más esfuerzos en ello. No vamos a hablar de un sistema perfecto, porque no lo hay, pero sí uno de los menos malos, aunque hoy va necesitando una buena reforma que se debate entre más o menos intervención estatal, subidas o bajadas de impuestos, ecosostenibilidad y el clásico problema de la deslocalización industrial y la apertura de sucursales en otros países del mundo en vías de desarrollo.

Referente a esto, hay una gran tendencia a culpabilizar a los empresarios que abren sedes en otros países para abaratar costes de mano de obra y expandir su influencia a nivel internacional. En principio, si se ve con una óptica crítica, no tendría nada de malo este fenómeno si tenemos en cuenta la diversidad de divisas y los diferentes mercados por penetrar, ya que generaría trabajo a miles de personas en países de escasa industrialización y les daría una buena oportunidad de aprender un oficio y acceder a una formación superior, pero por desgracia no se ha hecho así, y a diario vemos cómo enormes fábricas internacionales en China, Vietnam, Laos, Malasia, varios países del África negra y del norte y América Latina emplean a sus trabajadores en condiciones insalubres, con largas jornadas laborales y salarios indignos. Las reglas del juego deben ser claras y las trampas deben pagarse caras y sin excepciones, y en este tablero de la globalización los países deben ser soberanos y proteger a su gente antes que nada, pero por desgracia encontramos líderes políticos y oligarquías militares a quienes poco les importa el bienestar de su gente, y en vez de ayudarles a prosperar se embolsan el dinero de los impuestos del emprendedor extranjero y de su pobre gente. Si de verdad estos políticos con uniforme de gala y banderita en mano estuvieran por el progreso de sus países pondrían como condición esencial al inversor foráneo que pagase un sueldo justo a sus empleados y que tuvieran una jornada laboral digna que les permitiera formarse, disfrutar de la vida y de sus familias y un descanso adecuado. Sin embargo, les interesa perpetuar esta situación para mantenerse en su estatus de poder, y así poco se puede hacer. Por la parte de los países del llamado Primer Mundo se debería exigir estricta colaboración para acabar con esta situación de injusticia, prohibiéndose la inversión en estos países y demandando a sus mandatarios por medio de tribunales internacionales si no cumplen estas mínimas premisas que atacan al trabajador.

La culpa no es del capitalismo, sino del incumplimiento de las normas del juego. Quizá la solución resida en proteger a la gente de nuestros países y realizar una inversión en los lugares menos desarrollados que beneficie al emprendedor y a quienes mantienen la producción. Y quizá se pueda hacer mucho por el equilibrio entre el medioambiente y la acción antrópica mediante el decrecimiento económico, apostando por productos de calidad y duraderos, en vez de la obsolescencia programada, y necesitando menos. Habrá próximos artículos sobre esta teoría decrecentista…

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