Occidente y el sentimiento de pecado

El porvenir del mundo occidental es nuboso, y mientras se nubla cada vez más, dos corrientes de pensamiento juegan a predecir qué pasará cuando la tormenta se aclare. En un ala encontramos a los pesimistas que sostienen que estamos cayendo por un pozo sin fondo, decayendo a velocidades vertiginosas a nivel económico, social, político y cultural (razón no les falta si nos atenemos a la preocupante situación de quiebra financiera que nos azota diariamente mientras en el Océano Pacífico amanece), y al final nos acabaremos diluyendo como un terrón de azúcar en la gran taza de la multiculturalidad. En el otro lado hay un optimismo infantil negando la problemática mientras repite esos tópicos falsos que se han acabado por convertir en una verdad imposible de esclarecer. Por lo que a mí respecta, sigo siendo el mismo optimista fundamentalista de siempre, pero como aquí se trata de redefinir conceptos, vuelvo a insistir en que el optimismo implica tener los ojos muy bien abiertos y poner soluciones encima de la mesa en vez de divagar como acostumbramos a hacer, así que a eso voy a dedicar esta entrada (no exenta de comentarios que escocerán en ambos lados, como todo lo que cura), lejos de arraigos personales y de las ya desfasadas nociones de derecha o izquierda, porque no las necesito. Basta con echar una ojeada a mi casa para darme cuenta de que está hecha de cartón y por lo tanto necesita puntales y cimientos que la sustenten. Así están las sociedades occidentales del mundo actual, sumidas en la quiebra, víctimas del revanchismo y el victimismo, sin imperativos mínimos esenciales y hundidas en el sentimiento de pecado, como buenas herederas de su tradición histórica y religiosa…

Todo comienza en la hoy vieja, castigada y sobreexplotada Europa, un espacio sacralizado por aquellos entonces por medio de clérigos que en su mayoría abusaban del poder valiéndose de un paternalismo que venía dado nada menos que por derecho divino que difundió durante siglos en las mentes de los pueblos las ideas más antiespiritualidad de temor al castigo, el más opaco código moral y el cancerígeno sentimiento de pecado, que paralizaba por completo las conciencias humanas y hacía a las personas sentirse deudoras de por vida por haber causado un mal en el pasado. Un daño que un antepasado remoto infringió, pero que no entienden ni entenderán jamás. Solo quedaba lavar la conciencia pagando esa deuda que nunca se terminará de solventar.

Hoy el sentimiento de pecado ha perdido su cariz religioso original, pero ha viajado hasta el presente propagándose a través de la costumbre, la educación y la creencia popular, y para colmo ha crecido muy bien abrigadito entre los algodones de la historia, manchada por sus romanticismos, sus oscuridades y demás sentimentalismos. Después de todo fue Occidente quien hace siglos picó en América, África, Oceanía y Asia y cometió genocidios atroces contra los pueblos nativos, les trataron de bárbaros, les esclavizaron y eliminaron culturas y modos de vida ancestrales. No puedo negar que estos hechos tuvieran lugar, porque así fue y porque sería una auténtica falta de humanidad con los pueblos del mundo, pero sí que voy a decir que en nombre de esta afirmación, hecha con bastante ligereza y falta de comprensión del proceso histórico en su conjunto, se ha minado la moral occidental hasta hacerla sentir culpable muchas generaciones más tarde de lo ocurrido y se han justificado ideológicamente muchísimos odios. De todo hubo durante cientos de años y no todo es blanco o negro. Los occidentales, al igual que otros pueblos del pasado con pulsiones imperiales, fueron responsables de estas brutalidades antes citadas, y sin embargo, pasado el tiempo, cuando los imperios coloniales se desvertebraban, las mentalidades fueron cambiando y la gente empezó a tomar conciencia del mal que se había hecho. En mayor o menor medida, Occidente pidió perdón públicamente y recompensó los daños ocasionados, llegando a incluir como parte de su plan de compensación a miles de personas procedentes de los antiguos países colonizados en sus proyectos de nación, y rechazando ideas tan lacerantes como el racismo. Sin embargo, para muchos este gesto no fue suficiente, y siguen tratando al occidental de salvaje y de explotador, haciendo que se sientan cada vez más culpables y avergonzados de su historia, deudores de un mal que hicieron sus tataratatarabuelos. Mi pregunta es, ¿qué culpa tendrán los occidentales del siglo XXI de lo que hicieran sus antepasados? Yo creo que la misma culpa que un hijo puede tener de lo que haya hecho su padre, pero hay muchos a quienes esto les da lo mismo, ya que somos culpables del fundamentalismo islámico, de la ablación del clítoris, del narcotráfico en América Latina y de la pobreza en más de medio mundo…

Con sus defectos, el mundo occidental debería servir como referente moral a muchos espacios geográficos por varias razones. En primer lugar, por haber sido capaz de separar la moral del derecho, creando un clima de libertad de conciencia óptimo para el desarrollo individual de cada uno. Por supuesto, no podemos olvidar que fue Occidente quien abolió la esclavitud, mientras que en países como Arabia Saudí o Mauritania permanece vigente, y tipificó como delitos en sus códigos penales todo tipo de discriminación por origen, raza, orientación sexual, género o religión. A mí al menos me resulta fascinante el hecho de que ser occidental hoy día nada tenga que ver con ser cristiano, musulmán o judío, o ser blanco, negro o amarillo, ni tener unas prácticas culturales determinadas, sino simplemente participar de un proyecto común. La multiculturalidad, que no es un fenómeno nuevo ni actual como nos quieren hacer ver, sino que ha estado frecuente a lo largo de la historia en imperios como el romano, el bizantino, el islámico, el otomano… es algo de lo más enriquecedor y productivo siempre y cuando esté bien enfocado, pues no olvidemos que ha sido la convivencia entre culturas y el comercio entre pueblos uno de los factores que han traído ideas e innovación a las naciones que posteriormente se ha convertido en riqueza, pero hay que tener siempre en mente que la convivencia debe ser un proyecto común, en el que no caben odios ni revanchismos. La historia está ahí y no podemos cambiarla, solo caben sentar bases para un futuro de calidad, y por la parte que nos toca, podemos sentirnos orgullosos.

Como espacio geográfico y como naciones individuales no podemos imponer a los pueblos del resto del mundo que respeten los derechos humanos, dejen de reclutar niños-soldado de las aldeas, renuncien a la ablación del clítoris o al sistema de castas, por poner algunos ejemplos representativos. Como mucho podemos apelar a tribunales internacionales para que presionen a los gobiernos locales a cesar en esas prácticas, pero en ningún caso debemos intervenir, pues está visto y comprobado que cuando una potencia extranjera se mete en los asuntos de un país es de su interés cualquier cosa menos mejorar las consecuencias de vida de la población autóctona (ya se ha visto en Siria, Libia o Iraq), y además, los países deben hacer sus revoluciones por sí mismos, de acuerdo a sus intereses y necesidades, como nosotros hicimos y deberíamos seguir haciendo. Lo que sí podemos garantizar son derechos y libertades imperativos en nuestro espacio, en el que por encima de religiones, ideologías y culturas somos ciudadanos de nuestros países, de naturaleza democrática, laica y liberal, con un proyecto común bien asentado en el que cosas como la ablación del clítoris (práctica no musulmana, como muchos creen), impedir una relación de amor libre y consentida entre personas adultas de distinto origen o religión, la propagación del integrismo religioso, el uso de la violencia, el racismo sea cual sea su objeto… sea penado de forma inflexible, pudiéndose garantizar al mismo tiempo protección y seguridad a quienes sean víctimas de ello. Principios básicos de convivencia ya no entre personas de distintos orígenes y culturas, sino entre personas, que se deberían tener por bandera, aunque líderes africanos y asiáticos no los tengan tan claros.

Quizá esta diversidad dentro de la unidad sea lo que nos hace más grandes como cultura. Tras la colonización, en países como Marruecos, Guinea Ecuatorial, Senegal y otros muchos, a los descendientes de europeos allí nacidos, que no conocían otra tierra, se les hostigó hasta que tuvieron que marcharse, y países como Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Kuwait no reconocen la nacionalidad en sus países a los hijos de occidentales allí nacidos. Igualmente Occidente debería velar por estos imperativos mínimos garantes de la paz y el orden, con suma inflexibilidad penal para quien los incumpla, y a la vez, debería ser dueña de su destino, sabiendo cuándo puede acoger inmigración y cuándo no, y haciéndolo en función de sus posibilidades y necesidades, enseñando a los migrantes esos principios básicos de convivencia que solo tienen que ver con los derechos individuales, la tolerancia y el respeto. No es lógico ni sensato que se busquen oportunidades en países como España donde hay seis millones de parados actualmente, pero poco escucho hablar de planes empresariales de desarrollo en África o América Latina, ni de persecución a las mafias que traen inmigrantes a Europa a trabajar sin ningún tipo de legalidad y en condiciones miserables, y pocas denuncias internacionales veo a esos líderes tiránicos que permiten que su población viva en condiciones infrahumanas.

El proyecto común se llama democracia y libertad, y hay que preservarlo en estos tiempos en los que nos lo están quitando. Ahora más que nunca, es momento de hacerse valer.

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