Ley de silencio

En el mundo carcelario americano durante el siglo pasado (aún ocurre en muchos centros penitenciarios de países con impreciso respeto a los derechos humanos) era muy común que imperara en los pasillos, celdas, comedores y lugares de trabajo el silencio más estricto al más clásico estilo monástico, con un cartel anunciando esta ley de obligatorio cumplimiento. Como suele ocurrir cuando se imponen este tipo de normas, se aseguraba a los presos que dentro cumplían condena y a sus familias que al otro lado de los muros sufrían que aquella medida era tomada como política de reinserción, aunque la verdad no era otra que evitar planes de fuga, complots y motines, y aquella medida que en teoría era de necesaria aplicación para preservar el orden y la seguridad en el centro, logró mantener la más absoluta ausencia de ruido, mientras que los presos en la penumbra de sus celdas escribían sus cartas, fumaban sus cigarrillos, lloraban ríos sobre sus almohadas y alimentaban el hilo de esperanza que les quedaba ante tal deshumanización del individuo, manteniendo una batalla campal contra sí mismo por no enloquecer. Si algo se escuchaba de fondo en los pasillos eran los atrevidos alaridos de dolor de los que ya habían acabado por volverse locos en las celdas de aislamiento. Para quien no lo sepa, esta ley antipersona fue llevada por bandera en la archiconocida y temida prisión de Alcatraz…

Cuando no hay sonido, ni alegría en los rostros ni sonrisas, es justo cuando la autoridad consigue a las frías máquinas obedientes que tanto tiempo le ha costado educar. Debe de ser muy triste hacerte a la idea de que solo te queda obedecer y aprenderte al dedillo las normas impuestas, y solo cuando tengas tu pequeño momento de dispersión será cuando por fin puedas dejar de pensar en esto. No todos tienen la misma entereza para resistir a situaciones así, pero la mente es sabia y sabe muy bien qué mecanismos tiene que utilizar para no volverse loca, así que cuando no te quede más remedio que convertirte en una pequeña isla en mitad de una multitud porque se te haya negado el derecho a hablar, expresar tus ideas y emociones y socializar con las demás personas, llenarás tus heladas lagunas sentimentales ideando un futuro borroso y artificialmente coloreado que queda muy lejos de ti, y buscarás algo de calor en un pasado que sin duda fue mucho más bonito, pero que ya nunca más volverá. Siempre quedará frío, y mucho dolor en ti, y a tu imaginación que ahora mismo te has visto obligado a ejercitar. Ese mundo interior que con tanta frustración y ansiedad has ido forjando de tus propios escombros será lo único que nunca podrán quitarte.

Fue hace unos dos meses cuando empezaron a implantarse en Cataluña los vagones de silencio en el ámbito del transporte público, y vistos los rápidos cambios sociales cuyas víctimas y daños colaterales somos nosotros, no hacía falta ser adivino para saber que la ley de Alcatraz no tardaría en extenderse al resto de España en cuestión de muy poco tiempo, ya que aquí, cuanto más restrictiva y alienadora es una norma, más nos gusta. Tampoco dieron más argumentos que, simplemente, decir que el uso de la mascarilla no era suficiente en un espacio tan cerrado, y que por tanto el uso del bozal unido al silencio frenaría casi por completo la expansión del virus. Una buena campaña de márketing, con colores bien vistosos, pictogramas que no podían faltar y un sello bien claro del gobierno y del Ministerio de Sanidad, junto con un potente eslogan hablándonos de que juntos venceremos al coronavirus para infundir un poco de esperanza a la desesperanza total bastaría para su buen cumplimiento. Lo que vienen haciendo desde el principio los políticos cómplices de esta agenda globalista, tomar ideas teóricamente científicas para apadrinarlas y condenar al ostracismo al científico disidente. No hay mejor manera de impedir revueltas y motines de un pueblo aterrado y subyugado que prohibirles hablar entre sí. Dentro de poco el virus se transmitirá a través de la mirada.

Una gran multitud de ciudadanos minados psicológicamente hasta el punto de no saber en lo que pueden y no pueden creer van entrando ordenadamente por las puertas de los transportes públicos, con sus mascarillas bien ceñidas a la nariz, su cabeza gacha y su ilusión aún latente a pesar de que caminan por el filo de la ruina y que tienen mucho más cerca de lo que se creen el hundimiento de sus vidas y las puñaladas en las puertas de los supermercados. Les han vendido, ultrajado, arruinado, y pretenden inutilizarles aunque no son conscientes de que no lo conseguirán. Todavía tienen algo de libertad y de dignidad, pero cuando la hayan perdido, lucharán.

No es una situación de excepción, es la nueva normalidad a la que tendrán que acostumbrarse durante mucho tiempo, y yo, con lágrimas en los ojos tengo que decir adiós a episodios de mi vida que no volveré a repetir mientras que dure todo esto (durará el tiempo que lo permitamos). Y es que en transportes públicos me he enamorado de las miradas más dulces, y he coqueteado con muchas otras con sonrisas picaronas, miraditas de despiste y ojos certeros que apuntaban al mejor sitio y en el mejor momento. A algunas incluso, de forma muy disimulada les tiraba un pequeño papelito a su bolso con mi número de teléfono anotado. He hecho grandes amistades que perduran hasta hoy, y he intercambiado un montón de ideas y expresiones con esos amigos de un rato a los que no vuelves a ver, que solo van de paso por la ciudad, y por eso mismo abrían su corazón y te contaban su vida y sus sentimientos más íntimos que no contaban ni a sus personas de confianza, porque sabían que no habría reencuentro. He jugado hasta caerme muerto de cansancio con niños y he escuchado historias increíbles que hasta el día de hoy cuento (de la guerra civil y la posguerra, de los sueños frustrados del africano que vino a Europa en busca de quimeras, de madres coraje, de estudiantes rebeldes y soñadores, de catedráticos, de párrocos…).

Los amigos de autobús y de metro se han acabado. Solo mirando a los viajeros a los ojos podré intuir a partir de ahora qué están pensando, sin saberlo nunca con certeza porque van todos ellos enmascarados. Quizá algún niño me sonría, o quizá haya algún adulto que aún tenga ganas de reírse al unísono y por lo bajo conmigo de toda esta locura colectiva, tal como ocurría en la vieja Alcatraz durante los recuentos.

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