El Reino Cleptocrático de España

Escribiendo estos artículos no tengo ninguna pretensión de ostentar ni ahora ni en el futuro ningún poder. Esos túneles de sonrisas, puñaladas y traiciones jamás me han interesado lo más mínimo, así que los dejo para los que tengan estómago para venderse, comprar lealtades, arrastrarse y mimetizarse ante el público como un camaleón. Tampoco pretendo ser uno de esos tantos mesías irradiadores de humo mágico, ni herir ninguna sensibilidad política ni ideológica que al igual que yo propugne la paz y la libertad del individuo por encima de toda idea. Creo que es conveniente matizar estos pequeños detalles antes de entrar de lleno en materia, ya que desde que empecé a abrir la boca para defender lo que creía justo no han parado de lloverme los clásicos insultos de gatillo fácil y las amenazas de gallito de pelea enfurruñado. Respuestas propias de demócratas de boquilla, que si les rascas un poco la piel no tardarás en encontrarte con su fanático siervo de dictadores que espera el momento propicio para imponer, atacar y destruir.

Mi voluntad como ciudadano ha sido aplastada y he quedado relegado a votar por promesas vacías sin garantía ninguna de que se vayan a cumplir (parece que aún están chirriando en mis oídos declaraciones como estas: “dije que bajaría los impuestos y los estoy subiendo” o “no voy a pactar con Bildu, si quiere se lo repito”). Apostar por quizases que nunca serán reales, acatar leyes que nadie me preguntó si yo quería, aceptar reformas no votadas por nadie. Eso es lo que me queda. Así que traicionado y habiendo perdido la poca confianza que una vez tuve en el sistema solo me queda aferrarme a mi libertad de expresión, pero por lo que veo hay cada vez más cañones de fusil apuntando directamente hacia ella. Entonces, ¿qué se supone que me queda? ¿pensar por la noche sentado sobre mi retrete sin que se me escape una sola palabra? ¿consultar con mi almohada? El futuro es incierto y desde mi posición no puedo predecir los próximos ataques que vendrán, así que lo más sensato que puedo hacer por ahora es lo que cualquier ciudadano debería hacer, seguir aportando ideas tras analizar la situación. Si las cosas continúan así, seguramente tendré que rendir cuentas de todo lo que he dicho y escrito el día del jaque definitivo. Si ese es el precio a pagar, lo pagaré con mucho gusto.

Según veo el devenir de los acontecimientos, parece que hemos pecado de buenismo. Demasiado poder hemos cedido al poder, obviando hasta el olvido que por derecho es a nosotros a quienes corresponde. Mientras las cosas marcharon medianamente bien esos detalles poco importaron, pero cuando comenzaron las crisis y el malestar social ya se encargaron ellos de callar a las voces que hablaban de más. Entretanto cada día se desahuciaban familias enteras, el tejido empresarial del país se venía abajo, había despidos masivos y se nos subían todo tipo de tasas e impuestos, pero para nuestra glotona y putrefacta clase política nunca existieron este tipo de cribados. Como yo siempre he sostenido que a las personas se las conoce por sus actos y no por sus palabras por elegantes que sean, todos ellos sin apenas excepciones vienen demostrándonos desde hace mucho quiénes son con sus arbitrarias subidas de sueldo, sus manos más largas de lo que deberían ser cuando de nuestras arcas públicas se trata y sus inamovibles salarios vitalicios. La argumentación en ocasiones puede quedarse coja o puede venir alguien con argumentos más fuertes que los míos a tirar por tierra todo lo que estoy aquí diciendo, pero las matemáticas nunca fallan. El gasto político de este país es excesivo, y además apenas revierte en el bien de la ciudadanía, y mientras ellos nos han estado culpando públicamente de nuestros excesos del pasado y de nuestra irresponsabilidad, nosotros parecíamos estar muy ocupados defendiendo nuestros partidismos y embistiendo los unos contra los otros sin ser capaces de ver al auténtico enemigo. Voy a tomarme la libertad de apelar a una gran cita de una personalidad histórica con quien tengo más disonancias que puntos en común:

“Soy un hombre de principios, no de posiciones”

Hassan II de Marruecos.

No hay sentimiento más noble y bienintencionado para regenerar un país herido de gravedad que el patriotismo (tan mal entendido por muchos brutos ansiosos de poder que tienen el valor de autodenominarse patriotas y tan denostado por otros tantos pseudolibertarios). Un sentimiento comparable al amor que nos lleva a suministrar todo tipo de cuidados a quien nos es querido y no se halla en su mejor momento. Y es que el patriotismo no consiste en un rencor destructivo contra el movimiento contrario, ni en odiar al vecino, ni tampoco en una reconstrucción única e interpretativa de la identidad nacional. Simple y llanamente es hacerse valer, tanto dentro como fuera de las fronteras. Ahora mismo ser patriota equivaldría a saber identificar los males que están arremetiendo contra el país, y para mí está muy claro. El buenismo y la obediencia del pasado.

Curiosamente fue en uno de mis viajes a Francia cuando me di cuenta de que los españoles son mucho más patriotas de lo que ellos se creen, por más que les cueste admitirlo. Pese a esa rivalidad que durante siglos hemos mantenido con los vecinos franceses resulta que nos admiran porque durante la crisis de 2008, a diferencia de ellos, fuimos muy solidarios con los que tan mal lo pasaron durante aquella debacle económica (si bien somos motivo de chiste al otro lado de los Pirineos con toda la razón del mundo, por permitir que nuestros políticos nos roben a manos llenas)

Buenismo. Ni más ni menos que el problema central. Y por duro que pueda sonar, esto no se arreglará con manifestaciones que nuestros sátrapas hambrientos deben autorizar. Que yo sepa, en los dos siglos pasados no se autorizaba ninguna huelga ni manifestación, y no por ello se amedrentaron las luchas obreras y estudiantiles. Somos meros acatadores pasivos de dictámenes a los que nada se ha preguntado, sin voz activa. Si al menos pusieran en nuestros buzones domiciliarios los proyectos de ley antes de ser aprobados y los sometieran a votación popular sabría que lo que tenga yo que decir al respecto sería tenido en cuenta aunque después se hiciera efectivo lo contrario, pero eso sería porque el pensamiento de la mayoría de españoles sería el futuro, así que tampoco tendría yo nada que objetar al respecto. En cambio, a nuestras espaldas cargamos con un caro y pesado sistema de comunidades autónomas con miles y miles de políticos inservibles en cada una de ellas a los que hay que mantener hagan o no correctamente su trabajo. Además de eso, algunas de esas taifas empoderadas se toman la licencia de achantar al debilitado Estado para exigir aún más, aparte de los privilegios que ya les fueron concedidos. Sin imperio de la ley ni bases sólidas, esto se va pareciendo cada vez más a las “democracias” propias de Marruecos, Argelia o Guinea Ecuatorial, por citar algunas, donde el político canalla está sobreprotegido, sobrepagado y rara vez sus actos tiene consecuencias. Una situación muy difícil de revertir…

Algunos proponen de manera fantasiosa crear un estado federal al estilo americano, alemán o suizo. Si me paro a pensarlo, hasta a mí teóricamente me atrae ese modelo, salvo por un “insignificante” detalle. Siendo el país con más personal político de toda la vieja Europa y estando sometidos a créditos internacionales que dudo mucho que alguna vez lleguemos a pagar, ¿estamos en posición de mantener al doble de políticos con todos sus excesos pertinentes? Lo digo porque eso es lo que significaría un estado federal. La respuesta es un rotundo no. Si hay una solución, esa pasa por una adecuada centralización de las instituciones estatales y una racional e implacable tijera al mismo tiempo llevando a cabo los mismos recortes a los que nosotros fuimos sometidos, que destituya a todos los políticos improductivos, anule las pagas vitalicias y ponga coto a sus aumentos de sueldo improcedentes. Asimismo, escoger a los mejor preparados en su campo por conocimientos, experiencia y ratios de productividad. Funcionarios al servicio del pueblo, cobrando un sueldo digno por ejercer como tales, sin los excesos que a día de hoy les caracterizan de manera casi impune, y escrupulosamente vigilados. Es insostenible para cualquier país que su clase dirigente se lucre con el dinero público pagado con los impuestos del ciudadano (a quien no se ha perdonado ni un solo céntimo en esta situación excepcional), y que rara vez los corruptos paguen por sus actos. Siendo realistas, personajes como Bárcenas o Urdangarín nunca pagaron por robarnos, sino que nos costaron aún más caros de lo que antes nos costaron, en zonas especiales en prisión con toda suerte de protecciones y comodidades…

Las leyes contra la corrupción deben ser férreas e inflexibles. Una pena de prisión es inútil para un corrupto. Si quieres que no vuelva a hacerlo, impón la pena en donde duele, y si algo les hace pupa es el bolsillo. Multiplica por cinco el dinero robado y esa será la multa que deberá pagar como compensación al Estado e inhabilítale de por vida para desempeñar ningún cargo público, y sabrá que nadie puede burlarse del pueblo español sin su permiso.

Como dije, el patriotismo es hacerse valer como nación, y las matemáticas nunca fallan.

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