El corrector rojo

En mis cada vez menos ratos de paz y tranquilidad a veces me gusta aprovechar el tiempo en autoexplorarme yéndome al que una vez fui, y casi siempre acabo reconociéndome en mi poemario Baghdad, que para algo fue el primer libro que publiqué.

Sufriendo este clima de confusión y necesaria redefinición de conceptos he tenido la suerte de caer en un poema que lleno de ira e indignación escribí en el año 2017, titulado “Ardieron los olivos”. Una historia poetizada sobre la injusta vida de un niño palestino cualquiera que comenzaba con la ocupación judía del territorio histórico y los desplazamientos forzosos de población árabe consiguientes. El pobre niño crecía, y su sentimiento de impotencia aumentaba día a día, por lo que al hacerse mayor decide poner de su parte en la lucha contra aquellos gigantes vencedores que armados se impusieron en su país traicionado y ultrajado por la comunidad internacional. Poema perfecto para afrentar el ultraje imperdonable que se nos ha hecho. Solo una pregunta de cuatro palabras y una breve respuesta para mostrar de manera gráfica lo que se nos está haciendo. Ahí lo dejo…

“¿Qué es la libertad? Son las ganas viscerales del ser humano por vivir. Morir y matar si hace falta reivindicando tu derecho a soñar. Solo sabrás qué significa la palabra libertad cuando no la tengas y tu instinto te empuje a luchar por ella”

Tras ser sádicamente torturado por las fuerzas israelíes, el niño ya convertido en hombre escribió estas mismas palabras con su propia sangre en las paredes de su celda como una provocación desesperada…

Se dice que mi generación, la que nació en los años 90, es la mejor preparada de la historia. Su parte de razón tienen los que afirman esto si nos ceñimos a parámetros estadísticos tales como fácil acceso a la información, escolarización prácticamente total, porcentaje de titulados universitarios, interacción con las nuevas tecnologías, etc. Sin embargo la noción de progreso es un terreno muy relativo y va mutando con el devenir de los tiempos. Me contentaré con decir que mi generación fue la que vivió a caballo entre dos mundos y la última en reinar sobre las calles, como todos los niños merecen, con las camisetas llenas de chocolate, tierra, sudor y barro, a diferencia de los nacidos a partir de 2000, la generación mejor entretenida. Personalmente dudo mucho que podamos hablar de un futuro prometedor teniendo una mayoría aplastante de jóvenes que no sabrían plantar un tomate, poner un simple ladrillo o diferenciar un cuervo de un estornino… Perfectos almacenes de datos que poca conexión tienen entre sí. Maravillosamente educados, pero sin las bases que cimientan nuestro modo de vida.

Me gusta ser optimista, pero es muy difícil ver la botella medio llena viendo cómo está el patio. No me cabe ninguna duda de que mi generación y la de los 2000 seremos los que explotaremos y nos tiraremos a luchar por nuestros derechos paulatinamente arrebatados, no porque tenga una especial fe, sino porque somos los únicos que podemos hacerlo, ya que poca esperanza albergo en los que vienen después de nosotros, mucho más “instruidos” y entretenidos.

¿De verdad nos creímos en la cumbre del progreso? ¿De verdad somos quiénes para tomarnos la licencia de presumir de librepensadores? ¿Nos seguimos tragando el chiste de la presunta democracia? Permítame el lector mostrarme un poco escéptico, pero demasiadas bocas calladas veo con trescientos miserables euros, con fachadas deslumbrantes dignas de exhibirse en Instagram, Tik Tok y Tinder meticulosamente esculpidas en los gimnasios con un interior cada vez más vacío mientras les despojan de su humanidad más esencial.

Cuando hablo de estas cosas siempre me salta alguna persona de a partir de sesenta años diciéndome que no entienden de qué me quejo, porque ellos sí que vivieron una falta de libertad real y tuvieron que lanzarse a las calles a protestar para que gente como yo disfruten de la vida que disfrutamos. No tengo intención de faltar el respeto a aquellos valientes luchadores, pero sí que me gustaría decirles que hagan el favor de repensar un poco sobre el país que idearon cuando corrían delante de los grises y les molían a palos en los calabozos de las comisarías. No debieron luchar por un país donde una serie de esbirros provistos de sueldo, entrenamiento ideológico y avanzados materiales informáticos se tirase a la caza por vanguardia y retaguardia de la sagrada (porque así es) libertad de expresión, patrullando las redes sociales y los blogs y pagando a los medios de comunicación para fichar a aquellos que dicen algún despropósito contra este “gobierno del progreso y el bienestar” o se atreven a cuestionar las “efectivas medidas” tomadas para “frenar” esta imparable pandemia. Craso error fue pensar que la libertad nos viene dada por nacimiento.

Aposta he titulado esta entrada “El corrector rojo”, acordándome de nuestro Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, uno de los encomendados durante el franquismo para revisar las obras literarias y publicaciones periodísticas antes de ser publicadas para tachar, rotulador rojo en mano, todos los comentarios no apropiados según los estándares del nuevo régimen. Muerto el general Franco, el mismo Cela que luchó en las filas nacionales, elaboró listas de sospechosos de ser republicanos y ejerció como verdugo del pensamiento libre fue uno de los máximos defensores de la democracia y la Constitución. Ya han pasado más de cuarenta y cinco años desde que el dictador muriera, y nuestra democracia avanzó con el paso de las décadas sostenida por los pilares de la libertad de expresión, por la que se derraman a día de hoy océanos de sangre.

¿Qué es la libertad de expresión? Sobre esto se han establecido muchas definiciones. Para mí es el derecho inviolable de todo individuo a cuestionarse la realidad, preguntar sin miedo sobre lo que no comprende y poder comunicar sin coacciones ni temor a ningún tipo de represalia su pensamiento y sus ideas al respecto.

Cualquier democracia real (esto excluye a esos regímenes propios de países africanos, asiáticos y algunos latinoamericanos cuyo sistema democrático es puro postureo frente a la comunidad internacional) entiende que la formación integral de la ciudadanía, el rechazo a la violencia en cualquiera de sus formas y la libertad de opinión y conciencia son la única manera posible de que las personas puedan tener participación activa en la vida social, política y cultural del país. Básicamente la diferencia entre un país que cuenta con seres humanos que lo levantan y no con vasallos a los que fustigar. Al menos esa era la idea cuando se fundó de entre el fango nuestra hoy tambaleante democracia que con las últimas reformas para frenar la difusión de los peligrosos “bulos” se está convirtiendo en algo cada vez más parecido a la venezolana o a las democracias africanas. Todo desde que un gobierno formado por mesías pseudolibertarios mandase exhumar los restos de un Franco más que fosilizado como símbolo de su oposición a la anulación del pensamiento y la represión propias de esa época. Desde entonces, sus ataques a todos los que no pensaban como ellos fueron creciendo en violencia mediática, atacando con fake-news que no había más que leer más allá del titular para ver su falsedad a su oposición y cambiando leyes educativas. Una situación de emergencia sanitaria bastó para que entre el miedo de la población y las medidas urgentes que se debían tomar pudiesen crecer en poder, emprendiendo una dura campaña contra la difusión de bulos.

Primero, cambiaron la ley de Whatsapp en la que no se podían reenviar mensajes a más de cinco contactos (no fuera a ser que se opusiera más gente). Después, fomentaron campañas de alerta antifascista (no veo el fascismo por ningún lado, pero al comunismo lo veo más vivo que nunca) y mientras tanto se reservaron el derecho a utilizar en juicios todo lo que escribiésemos en internet y redes sociales, así como de censurar vídeos y material que estuviese en su contra. Por otro lado emprendieron una fuerte campaña de odio contra los que nos mostrábamos más escépticos frente a los cierres perimetrales, el cierre de negocios, el uso obligatorio de mascarillas y las restricciones en general, con periódicos que decían a la población que mostrábamos rasgos propios de psicopatía y narcisismo (eso cuando no nos tachaban de locos, ultraderechistas y conspiracionistas).

Mucha gente pensaba que la Unión Europea presionaría a este gobierno que puso en manos de una empresa privada (maldita.es) la censura con corrector rojo al libre pensamiento, pero igual que está ocurriendo en Hungría con el gobierno de Orban, los vecinos europeos se lavan las manos con el porvenir de España, cuyo gobierno en una estrategia perfectamente orquestada pone en jaque a la monarquía y busca a cualquier precio acallar a su oposición. Nunca fui especialmente monárquico, pero ahora mismo dadas las circunstancias defenderé al rey a ultranza si ello conlleva salvar a mi país de un golpe de Estado propio de una democracia africana.

Son momentos de repensar conceptos. No hay democracia sin ideas ciudadanas ni hay libertad en un pueblo pasivo hundido en el más burdo entretenimiento. ¿Merece la pena vivir sin libertad de expresión? He llegado a escuchar comentarios del tipo: “prefiero vivir a ser libre”. Para mí, sería como si me arrancaran el alma. Y sé que para muchos también.

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