La Mecánica de la Inercia (o carta de parto de un padre feliz de ver nacer a su hijo)

Si tenía previsto publicar una novela hace unos pocos años desde luego no era esta la que yo tenía proyectada, más que nada porque ya había otras tres a medio acabar de otros géneros muy distintos a este (una épica, otra histórica y otra negra) que algún día terminaré, pero que por bloqueos mentales y falta de tiempo no supe darles forma. Tampoco es que haya sido nunca especialmente lector de ciencia-ficción, ni me había planteado antes crear un mundo distópico, pero de buenas a primeras un visitante invisible irrumpió en la vida de todos, desencadenando una larga serie de confabulaciones que sobre nosotros siguen cayendo. Nos vimos secuestrados en nuestros propios hogares, privados de placeres a los que antes no dábamos gran importancia como el contacto humano, los paseos a la orilla del mar, el aire limpio de la montaña, el café y las tertulias ilimitadas con los amigos, las largas noches de fiesta que acababan en chocolate con churros a las siete de la mañana antes de marcharnos con el cuerpo hecho pedazos a la cama a dormir la borrachera… Todo cambió con un brusco puñetazo encima de la mesa, con muy pocas esperanzas de que algún día volvamos a ser los de siempre. Esto nos está cambiando a todos, a mí el primero, y así nació esta novela que en este preciso instante sostengo entre mis manos. De la nada, como si de cosa de brujas se tratase. Como en esta vida las cosas que realmente valen la pena resultan ser las que nacen salvajemente (visto está que así nace el amor), decidí dejarme llevar por esa idea que de buenas a primeras asaltó mi mente mientras fumaba un cigarrillo en mi balcón para que mis pensamientos dirigieran a mi mano que insuflaba un decadente espíritu al folio en blanco.

Dejando de lado el romanticismo de esa idea a la que por entero me entregué durante quince días de trabajo muy exhaustivos en los que me enervaba el simple hecho de que alguien me hablara, tengo que decir que sufrí mucho mientras La Mecánica de la Inercia se gestaba. Tuve que leer entre líneas la realidad que veía bajo mi balcón y las noticias adulteradas que me llegaban para plasmarlas en un turbio año 2045, y supe que el mundo que venía no era ninguna elucubración fruto del poder imaginativo ni ninguna iluminación de gurú del siglo XXI (de esos que por desgracia tanto abundan). Estaba transportando al lector a un panorama que no era ni más ni menos que la consecuencia lógica de lo que ahora vivimos.

El mono venido a más (o a menos) de 2045 sale con éxito de la pandemia mundial de 2020, y como se suele decir, quedó fortalecido tras la adversidad. De los años del aislamiento, la muerte y el miedo ha quedado impreso en la gente el temor a que se vuelva a repetir la misma situación, por lo que el contacto entre personas es cada vez más superficial. Al estar tan limitada la interacción social el desarrollo de la tecnología en todos los ámbitos de la vida ha sido apabullante en las últimas décadas hasta un punto en que robots y máquinas han llegado a ser los más fieles y obedientes sirvientes del ser humano moderno, y como tales llevan a cabo la mayor parte de las tareas fastidiosas de las que antes nos quejábamos. Cocinan por nosotros, limpian, cultivan, sirven, construyen, nos ayudan a ser más productivos, a vestir con estilo para cada ocasión, a optimizar nuestro tiempo… Viviendo en una sociedad así, nadando en el progreso, solo hay que hacer una cosa para garantizar a la población ese bienestar que con tanto esfuerzo se ha logrado: mantener esas máquinas que tanto bien han hecho. Esa será la brecha que marcará las nuevas diferencias sociales. Los que son capaces de dominar a las máquinas y los nuevos analfabetos. Los que no entienden la tecnología. Pobres de ellos…

Ya no hacen falta humanidades. ¿Para qué las íbamos a necesitar? Un programa traduce simultáneamente de un idioma a otro a la perfección. Con solo una serie de palabras otro programa puede escribir una historia de lo más entretenido, y lo mismo ocurre con la música, el cine o la pintura. ¿Qué sentido tiene crear? La tecnología ha superado al hombre en todo y además le sirve. En mitad de este mundo donde llevamos chips en el antebrazo que atesoran nuestra información personal y donde la interacción social ya no es necesaria, encuentra Marco a Fernando, un anciano que por no querer ceder a las pretensiones de la sociedad se ha visto durmiendo en la calle, borracho para olvidar y mugriento, que en su día fue un gran profesor de literatura hasta que por una nueva ley se prohibió que los docentes impartieran clase ya que esa era una labor que un programa podía hacer mucho mejor que él. Marco, que piensa que la sociedad de antes era la sociedad del sufrimiento, comenzará a hacerse muchas preguntas sobre el mundo en el que vive, y empezará a lamentar la vida a la que se ve condenado mientras observa a la gente a su alrededor. Algunos creen aún en esos valores fundamentales que una vez nos hicieron grandes mientras que ahora han anulado nuestras capacidades y nos han castrado como seres poderosos que éramos. Otros se han visto empujados por la inercia y la necesidad a adaptarse a un mundo que en mayor o menor medida nadie acaba de entender del todo.

Para mí, este libro es motivo de mi orgullo personal por varias razones. El primero es que no fue nada fácil comprimir una temática tan extensa en un ejemplarcito de 86 páginas y pude hacerlo, corto en extensión y profundo en significado, con la idea de acercarlo tanto a lectores como a no lectores. El otro motivo es que, como bien dijo mi querido Fernando, ese mendigo tan grande de espíritu, los enanos vencerán a los gigantes. La Mecánica de la Inercia fue mi escudo y mi espada contra ese globalismo arrollador que llega a pasos agigantados a anular lo más precioso que tenemos, sin lo que no merece la pena estar vivos: nuestra humanidad. Hablo desde la alegría de un padre que hace nueve meses que vio nacer a su hijo, un ser que demostró ser un arma de ideas, una afrenta y una muralla defensiva contra un mundo metálico y vacío.

“Los enanos vencerán a los gigantes”

Pensar, reír, llorar y sentir es lo que nos hace fuertes. Que jamás te empuje la inercia.

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