Las cadenas del alma

Bajando ayer noche de mi casa con mi perrita amarrada y la mascarilla por la barbilla de forma descaradamente sacrílega en estos tiempos que corren (solo aprovechaba la soledad de la noche para encenderme un cigarrillo en plena calle), me encontré con un matrimonio vecino a quienes hacía algunos meses que no veía. Gente de edad avanzada, siempre alegres y serviciales con los demás, que hacen muy bien reduciendo sus salidas para cuidarse del microscópico enemigo que nos hostiga las veinticuatro horas del día. Contentos de verme, cosa que se percibía de corazón, me comentaban emocionados que habían ido por primera vez a misa desde que el bicho empezara a hacer de las suyas. Esta fue mi respuesta, dada de todo corazón:

“En estos tiempos es muy buena costumbre seguir yendo a misa”

Palabras de un agnóstico laico declarado, que conste en acta, al que le parece tan aventurado creer con los ojos ciegos como negar rotundamente y sin atender a ningún tipo de razón la existencia de un ente sobrenatural. Yo mismo he creído con los ojos ciegos. Después creí con serias dudas, para luego caer en el más pobre y pseudorracional materialismo. Llegué a burlarme de lo sagrado sin ningún escrúpulo, y cuando me sentí perdido quise recuperar esa fe de la que ya ni siquiera me quedaba un simple rescoldo pero ya era demasiado tarde, así que finalmente me dediqué a observar a los que creían y a los que no creían.

En un lado vi cerrazón cargada del más nublado sentido de lo correcto y estúpido ritualismo mecánico, y en el hemisferio contrario observé a lo que negaban con razones o sin ellas la posible existencia de lo divino con argumentos fundamentalmente basados en victimismos ancestrales. Por supuesto, no podía faltar en ambos lados de la inútil línea de frente ideológico la voluminosa tropa de sujetos-masa arrastrados por la corriente. Por suerte encontré mucha más gente de la que creía firmemente convencida de sus creencias y comprometida con el amor al prójimo, la paz y la honestidad. Lo mejor que podía hacer al no tener un sistema de fe forjado era contemplar su espiritualidad como un espectador ajeno sin quedarme jamás dentro de su rueda, y mientras tanto buscar yo la mía propia siguiendo los susurros de mi voz interior lo más lejos posible de mis congéneres, que muy a menudo adulteran los mensajes más bellos. Y al final, sin llegar a bañarme en ninguna fe, llegué a ver una belleza asombrosa en las miradas de los buenos creyentes. Los que abrazaban mis mismos ideales de libertad, amor y paz sin dejarlos contaminar por putrefactos pensamientos únicos. Si me apuran podría incluso llegar a afirmar que a veces siento un poco de envidia sana cuando miro a los que felices confían en el mensaje. A estas alturas disto mucho de ser como ellos.

Sucede que en nuestra sociedad occidental somos herederos de una historia dolorosa con lo sagrado, y nos ha tocado ver perpetrar las peores atrocidades en nombre de Dios (guerras de religión, torturas, crímenes, anulación del pensamiento, dictaduras…). Yo mismo siempre he defendido a ultranza la total separación de la religión y la política en los países del mundo (y sigo dando guerra con respecto a ese tema) como única vía posible para preservar la inviolable libertad de conciencia del individuo para forjar su propia personalidad y su concepción de la realidad según los designios de su propia inteligencia, lejos de ese gregarismo servil en el que nos ha tocado vivir durante siglos, con normas morales estrictamente marcadas. Por sus frutos les conoceréis, como bien dijo Jesucristo. Así a día de hoy vemos cómo las jerarquías religiosas han ido perdiendo el respeto y la credibilidad de los pueblos, que con el paso del tiempo se han refugiado en el falso relativismo existencial, en el hedonismo, el negacionismo espiritual y en el más frío materialismo, mientras que paralelamente otras islitas de almas sedientas desembocan en grupos sectarios o bien sacian su sed mediante la soledad y la introspección. Tanto esfuerzo hemos puesto en eliminar tan pesada huella en nuestra historia que hemos arrasado con todo, hasta con lo esencial.

El sol, la luna, el viento o los árboles ya no tienen alma. Tampoco queda significado en un gesto de amor en mitad del estado máximo de locura del hombre. La realidad se ha vuelto hueca, fría y perecedera porque así tiene que ser, ya que la espiritualidad es cosa de los antiguos, anclados en el capricho de la superstición, o lo que es peor aún, son creencias populares propias de naciones tercermundistas, analfabetas y atrasadas. En lo que a mí respecta, no hay cosa que me cause más pavor que saber que voy a vivir en un mundo futuro poblado por sabiondos autómatas de ideología y pensamiento programados por comandos de información adulterada tras pasar por un montón de bocas antes de llegar a sus mentes que creerán haber llegado a las más altas cumbres del progreso sin ni siquiera ser capaces de bucear un poco más hondo bajo el mar de superficialidad sobre el que pisan. El día que ese sea el perfil de humano dominante me iré a las montañas a vivir de la gratitud de la Tierra y a alimentar mi espíritu hasta que el divino me llame a su encuentro.

La espiritualidad existe, aunque nos neguemos a verlo, y es algo completamente opuesto a esos pensamientos impositivos que muchos de los que ahora me están leyendo se imaginan. El párroco que ayuda a su gente cuando está en apuros o el creyente que da en caridad al necesitado son mi ejemplo a seguir, mucho más que el incrédulo materialista que niega y niega sin haberse parado a pensar. Y es mucho más ejemplo a seguir para mí el materialista de convicciones morales firmes que el fanático religioso que se cree en posesión de la verdad absoluta. El espíritu está ahí, y al igual que el cuerpo y la mente también necesita ser atendido. De nada sirve estar bien alimentado, vestido y entretenido si en tu interior no hay nada más que un bucle diario que no entiendes ni necesitas entender. La vida debe tener un propósito que trascienda esa estabilidad y comodidad que con mucho sacrificio conquistamos.

Lo que pasa es que hoy las cosas del alma son un tabú, como no hace tanto lo era la sexualidad, que en teoría dogmatiza a las personas. Algo socialmente vergonzoso, propio de personas débiles que necesitan agarrarse a algo.

Ni siquiera estoy hablando de volver a inculcar la moral católica como única verdad, pero no estaría mal que se estudiara la espiritualidad como algo que ha evolucionado consustancialmente con nosotros, configurando nuestra cultura, nuestra forma de ver el mundo y enseñándonos unos valores morales de lo más noble que a ninguno nos vendría mal recordar, por no hablar de lo mucho que la fe ha contribuido a ejercitar el poder mental de las personas, su voluntad y su fortaleza para afrontar las vicisitudes de la vida. No pretendo ser malpensado, pero intuyo que a algunas élites no les interesa que aprendamos demasiado sobre crecimiento personal, porque un pueblo con fe es un pueblo convencido, fuerte, noble y valiente.

En estos tiempos de hundimiento y locura colectiva en el que no hay nada en lo que creer ni confiar, me encanta que la gente no pierda la esperanza y sigan llenando las iglesias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: