Un país sin alma

Hoy, lunes (dice por ahí una ecuación absurda que a un psicólogo británico se le ocurrió allá por el año 2005 que hoy estamos en el dichoso Blue Monday, ni más ni menos que el día más triste del año), estaba atendiendo mis labores diarias como habitualmente hago. Sin embargo, no he podido evitar pararme a pensar. Esta vez, como tantas otras, ha sido la cólera la que me ha puesto contra las cuerdas. Solo espero que no me traicione. Pero sucede que resulta muy difícil no encenderse cuando las noticias de buena mañana empiezan a bombardear tu ordenador, tu tablet y tu teléfono móvil. Cuando procuras huir de esa nociva metralla matutina poniendo pies en polvorosa hacia tu barecito de siempre para tomar un café y dejar tu mente en blanco, basta con que observes el semblante de tu amigo hostelero para escuchar nuevas noticias que la prensa no te había contado. Ese bar en estos tiempos que corren es un navío de guerra venido a menos, perforado por bolas de cañón en sus cuatro costados que no tiene más opción que seguir navegando a pesar de estar expuesto a nuevos ataques gratuitos del enemigo y a la inclemencia de las ingratas corrientes marinas. Sabe que es muy probable que se acabe hundiendo, por eso mismo conserva intacta su sonrisa y su espíritu combativo. Con alguien tiene tu amigo que desahogarse, y no hay nadie mejor que tú, su cliente y amigo de siempre, al mismo al que conoce como si de alguien de su propia familia se tratara.

Viviendo en una jaula perimetralmente cerrada cuyo cerco constantemente te están amenazando con estrechar, uno acaba dándose cuenta de que es imposible escapar de la implacable lluvia de proyectiles que los empoderados por medio de sus portavoces de vanguardia a diario nos lanzan para aplacar nuestra ira de hombres y mujeres libres por naturaleza y minar así nuestra moral antaño de acero hasta hacernos creer que de verdad la desgracia de nuestro mundo es tan fuerte que tú o yo como insignificantes átomos de esta compleja ecuación nada podemos hacer por cambiar las cosas salvo aceptar sus ineficaces dictámenes por gravosos que nos puedan parecer. Definitivamente, estos no son momentos de dejar la mente en blanco mientras la vida corre día a día haciendo estragos. Nos guste o no, toca combatir y poner a prueba el acero del que estamos hechos. Como tu amigo hostelero hace cada día.

Hoy han sido especialmente duras las noticias. Amenazan con castigar aún más al comercio y a la hostelería, que no han hecho más mal que acatar religiosamente su injusto destino. Nos cuentan que después de haberse pasado meses y meses cada comunidad autónoma clericalmente culpando a sus ciudadanos de las subidas de los contagios mientras nos desplumaban como les venía en gana, ahora el gobierno central está dispuesto a concederles la licencia de encerrarnos de nuevo en casa, eximiendo así la gran carga de responsabilidades que espero que en algún momento tengan que asumir sin más remedio, porque su lista de vergüenzas es enorme. De nuevo nuestra ilusión de salir adelante se estrella contra las puertas de nuestros hogares. De nuevo las familias privadas de un derecho constitucional básico, como lo es trabajar y sacar a flote su casa, a la que nadie perdona cuotas ni facturas pese a prohibirles percibir ingresos con su propio sudor. Encerrados en nuestra prisión privada, con cientos de patrullas de fuerzas del orden (gente que hace su trabajo y contra la que no tengo nada en particular) vigilando que ni una sola gallina haga la más mínima intentona de escaquearse. Aunque, visto de otra manera, puede ser que a tanto a nuestro gobierno como a nuestras taifas corruptas les interese que alguna gallinita descarriada asome un poco la cabeza por la calle, pues el monto a percibir por las multas de dudosa constitucionalidad que se impondrán vendrá de maravilla a las arcas públicas a las que la corrupción de nuestro exceso de políticos no da tregua. Bastante mermadas están ya, que no les queda más remedio que vivir de la rapacidad de los préstamos internacionales.

Ese es el saldo histórico para la que una vez fue la nación más floreciente de la Tierra (le duela a quien le duela admitirlo). Debemos mucho más de lo que nunca podremos pagar. Somos vasallos con la cabeza gacha besando los anillos de intereses globales que hasta que no se vean cumplidos no lograremos comprender. Triste destino para tan grande país si me paro a pensarlo.

En nuestro encierro forzado hasta los que somos más escépticos frente a la información que nos llega no podremos evitar estar atentos a lo que nuestros califas de tres al cuatro y nuestros reyezuelos de taifas tendrán que decirnos. Lo veo venir. Fríos e inertes números con fines estadísticos hablarán de enfermos, muertos, desempleados y arruinados. Eso es lo que somos para ellos. Cifras de una gran base de datos.

Se asegurarán de infundir máximo nivel de pánico como hicieron el pasado mes de marzo. Una izquierda y una derecha se enfrentarán vendiendo románticos ideales a la población vacíos de significado, promesas que solo atenderán a intereses personales, los cuales solo lograrán si permanecen tal y como están hasta ahora. Amordazados y hablando de todo, menos de lo importante. No muchos veremos a los hosteleros italianos burlando la prohibición de abrir sus establecimientos, ni tampoco veremos los recortes de prensa de los tiempos de la gripe española cuando los gobiernos instaban a la ciudadanía a salir al campo, ya que el aire puro y el agua limpia eran el mejor desinfectante natural. Sumergidos en un mar de banalidad nos veremos. Indefensión aprendida. No faltarán el reggaeton y el chismorreo más barato mientras afuera se materializará el segundo tramo de esa construcción de un nuevo mundo en el que no quieren que participemos (Bill Gates tuvo la osadía de decir que en 2021 el 50% del sector hostelero cerrará).

Los del lado perdedor gritarán y postearán en Facebook y Twitter clamando en el desierto. Los que por nada tienen que luchar (cada vez son más, lamentablemente) se dedicarán a aplaudir y vitorear las medidas de nuestros califas y reyes taifas criminales, y se emplearán a fondo en acusar a los infractores de las nuevas normas al más puro estilo inquisitorial y a desacreditar al libre pensamiento con burdos comentarios pseudointelectuales vacíos de contenido aunque elegantes en datos inconexos.

Cada vez menos libertades, tanto de acción como de expresión (gobiernos patrullando redes sociales para saber quiénes están en su contra o dicen algo que a ellos no les conviene… pasaportes de vacunación para limitar los derechos de los que libremente podemos decidir qué hacer con nuestros cuerpos, a la usanza de la más controladora e igualitarista dictadura comunista). Falso liberalismo, en el que no habrá más que vacío existencial y relativismo negando todo lo que tenga que ver con valores espirituales tan básicos como el amor, el honor, la honestidad, la honradez o el crecimiento personal.

Un país invadido sin un solo tiro. Que aborrece su propia historia, sus propios valores y su arte. Dividido por los odios de los abuelos y los bisabuelos. Pasto de hienas que arruinan y decretan cuando no son nadie para hacerlo. Un pueblo con el alma minada, que se retuerce de dolor ante la pasividad…

Corren tiempos de desobedecer, gritar y poner a prueba el acero de que estamos hechos, como nuestro amigo hostelero que cada día nos sirve el café con una sonrisa.

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