¿Orgullo o amor?

Después de todo tengo la sensación de haber hecho lo correcto, a pesar de que los que tanto me quisieron hoy me recuerden como aquel egoísta que les abandonó sin dar una sola explicación. Solo yo pude leer en sus miradas entristecidas y fatigadas. Sacrificaron el tiempo más valioso de sus vidas solo por dar sentido a la mía, por completo destrozada. ¿Acaso merecían ellos un castigo así? Jóvenes, hermosos por dentro y por fuera, llenos de sueños e ilusiones. Todo eso se vino a pique el día en que tuve aquel maldito accidente. Por suerte o por desgracia salí con vida, quedando parapléjico y dependiente, y ellos renunciaron sus sábados de fiesta, al amor que estaría por llegarles, a la risa, al futuro cargado de sorpresas, a las aventuras que la vida depara; todo por mantenerme limpio, alimentado y relativamente feliz, mientras que por más que ellos quisieran negarlo yo no hacía más que rogar a Dios la muerte. Mi hija me recordaba cada vez que me veía sumergido en mis tinieblas que estar vivos y unidos era el mejor regalo que podríamos haber tenido. Para cualquiera en mi situación esas palabras habrían sido un aliento vital para seguir peleando hasta el último hálito de vida. Para mí, no. Si por algo mi familia y personas cercanas a mí me querían y respetaban era por ser un hombre resuelto, tenaz e incansable. Ese hombre ya estaba muerto. De él no quedaba más que una carcasa marchitándose sobre una silla de ruedas. 

Antes de sentir en mi mente el chispazo crucial fueron muchas las noches que nadie me vio llorar hasta empapar por completo mi almohada. La vida es una, y se nos escapa volando. Si yo ya no quería vivir, no tenía por qué condenarles a ellos a mi mismo destino. Dos veces llegué a tocar la campanilla de aviso a la muerte, pero sus miradas me mantuvieron en este mundo que ya nada tenía que ver conmigo. Estaba a punto de causar a mi mujer y a mis hijos un dolor enorme, pero si pensaba en el futuro, mi decisión a la larga sería la mejor para todos. 

Mientras mi mujer trabajaba, llamé unas cuantas veces a susurros a una residencia para minusválidos en el extranjero. Nadie sabía nada de lo que estaba haciendo, hasta que un día una furgoneta adaptada vino a mi puerta y, para sorpresa de todos dos hombres me transportaron hasta ella. Así fue como llegué aquí. Lo único que recuerdo de mi familia fueron sus miradas de decepción y rabia por lo que fui capaz de hacer a sus espaldas. Ahora vivo en las páginas de muchos libros diferentes que me encuentro en la biblioteca de este centro mientras espero mi hora para cruzar la orilla con mis dos piernas, sin que haya un solo día que no me duela aquella decisión que no me quedó más remedio que tomar. Mis compañeros me dicen que el orgullo pudo conmigo más que el amor. Yo sigo pensando que librándoles de mí, les devolví la vida que les estaba arrebatando día a día, y espero que algún día recuerden esto como un gesto de amor, aunque hayan pasado los años y lo sigan achacando al orgullo. 

P.D.: ¿Fue orgullo o fue amor?

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