Nueva Anormalidad.

Lo bonito, y lo triste a la vez, que tiene estar dotado de una mente con capacidad para recordar es que podemos volver atrás en el tiempo y revivir los momentos ya pasados tantas veces como la memoria nos permita, aunque claro está que sin el perfume ni la sensación de la primera vez.

Desde que nuestras vidas virasen hacia lo incógnito de un día para otro por los efectos de esta plandemia arrolladora, no hemos podido evitar volver a los orígenes de un modo u otro en busca de alguna pista procedente de tiempos pasados que nos pudiera ayudar a comprender lo que estaba pasando. Yo, particularmente, regresé a la adolescencia. A esa etapa que nunca abandoné por más que la fachada exterior haya ido mutando (Dios me libre de abandonarla algún día). Donde saboreamos las primeras veces el picor de la vida, todo parece tan nuevo y tan fascinante, y nuestro cuerpo se siente tan poderoso que poco nos importan los peligros que acarrea la experimentación. Mi adolescencia significó chocolate, cerveza amarga, amor intenso y desmedido que se acabó estrellando por esa misma razón, coqueteos con el comunismo y con el falangismo, sexualidad efervescente, etc. Pero lo que más atrae mi atención en este viaje sobre mi propia historia es aquel libro de historia, ya oxidado en estos tiempos que corren, y la voz de la profesora contándonos emocionado cómo tras siglos de opresión, luchas de clases, sumisión e instrumentalización del individuo, con mucha sangre y dolor conseguimos vivir en una sociedad en la que todos los derechos que por tradición nos fueron negados nos eran por fin reconocidos legalmente.

Hijos de ese nuevo mundo, fruto de las cenizas y las lágrimas, éramos. Un mundo imperfecto, como todo en esta vida, pero que al menos nos protegía y blindaba nuestros derechos fundamentales.

El tiempo fue pasando y mientras iba creciendo, mi juventud cabalgaba contradicciones. El nuevo mundo desprendía hedores muy desagradables bajo sus cañerías. La corrupción política era cada vez más grande y generalizada, cada vez había más injusticias y desigualdades sociales, los derechos fundamentales eran pisoteados sin escrúpulos por las autoridades, miles de familias se arruinaban perdiendo todo lo que les costó una vida entera construir, y la voluntad ciudadana no contaba para nada. Pese a todo, el esfuerzo más importante debía ser salvar aquel mundo que nuestros viejos crearon, y para ello las posturas extremas representaban un veneno. Ante esta postura, no podía evitar que me asaltara una pregunta esencial para comprender lo que estaba teniendo lugar: “¿Acaso los extremos no representan el cambio radical que estamos necesitando, mientras que las posiciones intermedias se esfuerzan en mantener a flote un sistema ya obsoleto y colapsado?”

Fuimos vadeando un planeta con más tensión de la que nunca haya habido, donde hasta las conjeturas más alucinógenas y disparatadas tienen su parte de razón. Todos en el fondo de nuestro ser, de una manera u otra, sabíamos que detrás algo malo venía. Algunos decíamos que podría ser una cadena de catástrofes naturales. Otros (tal y como fue mi caso), pensábamos que sería una macrocrisis económica sin precedentes con efectos devastadores que destruiría el 70% de nuestro comercio y nuestra industria, acabando a golpe de bolas de cañón con nuestros medios de vida para imponer a partir de la ruina general un sistema de multinacionales que acapararían toda la nueva economía mundial (creo que no iba yo muy desencaminado). Pocos cayeron en la cuenta de que la próxima debacle podría tener que ver con una pandemia a nivel mundial, yo el primero. Y muchos menos pensaron que el próximo gran desastre tendría que ver con los tres desastres anteriores.

La historia de la humanidad siempre ha sido así. Una historia de ciclos de estabilidad y ciclos de colapso. Era más que lógico creer que algo malo vendría detrás, pues si algo nos ha demostrado nuestra trayectoria es que la calma no dura cien años. Sin embargo, nos hemos concentrado en mirar en dirección a un solo árbol sin habernos detenido antes a contemplar todo el bosque. Ahora mismo de lo que prima hablar es de la pandemia, del alto número de contagiados, de la alerta sanitaria, de los fallecidos, de la vacunación y de la irresponsabilidad de la ciudadanía. En nombre de eso, nos han prohibido a muchos trabajar, sin importarles en absoluto que las familias propietarias de negocios tengan que cerrar sin recibir ingresos y que tengan que despedir a sus trabajadores, eso por no hablar de los derechos y libertades fundamentales que nos han ido arrebatando de manera progresiva (para que poco a poco vayamos adaptándonos al nuevo sistema que aún se está gestando como un débil e indefenso embrión en las altas esferas) y que pese a todo hemos aceptado como algo normal creyendo que esto se trata de una situación excepcional, como esfuerzo para vencer a este maligno virus (un virus de dudoso origen). Empezaron por encerrarnos en nuestras casas, dando exactamente igual los efectos económicos, sociales y psicológicos que el confinamiento tendría sobre las personas, para construir a nuestras espaldas un nuevo mundo en el que no tendríamos ni voz ni voto. Mientras tanto, los medios de comunicación se dedicaron a bombardear día a día las mentes de miles de millones de almas que solo quieren vivir y trabajar con dignidad mediante una infalible política de terror. Ver a las personas que queremos es un crimen, enamorarse es un crimen, tomar una copa con un amigo es un crimen, no llevar mascarilla es un crimen, salir a la calle a deshoras es un crimen… Hasta cuestionarse lo que está pasando es un crimen. Si te atreves a negar la realidad de lo que está ocurriendo, una milicia urbana perfectamente entrenada a través de noticias sensacionalistas, posts tuiteros y axiomas extraños aprovechará cualquier desviación de lo que en estos tiempos es considerado correcto para tildarte de irresponsable, insolidario o negacionista.

Así fuimos llegando a este punto, en el que todos somos sospechosos y en consecuencia debemos tenernos miedo los unos a los otros. Los políticos amenazan con endurecer aún más las medidas para “garantizar nuestra seguridad”. Con una máscara nos amordazan, mientras que afecciones como dermatitis o bacterias extrañas cuya procedencia nadie atribuye a los bozales están haciendo presa de muchísimas personas. Nuestra industria y nuestro comercio cae a toda velocidad, somos cada vez más dependientes de las nuevas tecnologías y estamos condenados a obedecer imperativos absurdos con los que manos invisibles (o no tan invisibles) se están lucrando de lo lindo.

No nos engañemos. Hemos vendido nuestra libertad a cambio de algo tan efímero y nimio como nuestra seguridad, todo por no lanzarnos a la calle y tomar entre todos las riendas de la situación como deberíamos haber hecho hace ya mucho tiempo. Vamos hacia una era de absoluta incertidumbre, gran escasez (nos dirán que los recursos se están acabando, falacia con la que mantendrán su máquina funcionando) y terror general.

¿Seguimos creyendo en la casualidad de esta pandemia?

¿Seguimos creyendo en su fatalidad?

¿Estamos ciegos ante el faraónico empoderamiento de nuestros gobiernos?

Los cambios en la historia han tenido lugar cuando los pueblos han tomado el único lugar que les corresponde…

Aún estamos a tiempo de cambiar las cosas.

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